Thud, thud. Thud, thud. Thud,
thud. Las ruedas del
camión pasaron sobre las grietas de asfalto con un sonido igual al de un
corazón latiendo. Durante una hora o así su secuestrador le había dicho qué
caminos tomar, qué caminos seguir. Algunos eran pequeñas callejuelas oscuras
sin mucho tránsito, otros eran carreteras principales de cuatro carriles, todas
ellas bastante oscuras y libres de tráfico. No sabía si él quería esquivar una
persecución, estaba perdido, o tenía un plan. Él había escuchado la radio
durante un rato, cambiando las estaciones, haciendo una pausa en un comercial
de servicio de navegación² incorporado en todos los modelos de automóviles más
nuevos.
Había corrido sus dedos sobre el tablero. —¿Tienes eso?
—No. Era sólo una opción cuando compramos la camioneta, y no la tomamos.
En la radio, el operador con voz suave aseguraba a la mujer perdida que iba
a estar bien. El narrador comercial recordó a todos el salvavidas que el
servicio ofrecía.
El hombre a su lado, pareció contento y cambió la estación, estableciéndola
finalmente sobre el clima. Estaban anunciando nieve. Sus ojos se cerraron después
de varios kilómetros. Su respiración se había desacelerado y unido a los
latidos del corazón de ella en su viaje, suavizándola y calmándola en imperturbabilidad.
En silencio.
Cuando Gilly era más joven, la casa de su mejor amiga había estado llena de
ruido constante. Danica tenía cuatro hermanos y una hermana, además de un perro,
un gato, un pájaro y varios tanques llenos de peces. Sus padres gritaban mucho,
sobre todo para hacerse oír por encima del resto del ruido. Gilly amaba pasar
tiempo en la casa de Danica, pero a menudo volvía de la casa con la cabeza
dando vueltas, cayendo en su habitación, sola y poniendo la cabeza debajo de la
almohada para ahogar incluso el silencio que casi siempre la saludaba.
No fue hasta que había tenido hijos propios que Gilly se dio cuenta de que
el ruido era normal. La mayoría de las familias vivían con él. Gritos, risas,
llamándose unos a otros de una habitación a otra. El murmullo de la radio, la
televisión. Estos eran los sonidos de las familias normales. Ella había llegado
a apreciar el ruido de la normalidad, pero nunca pudo disfrutar de la manera
que ahora saboreaba el silencio en el coche. Hacía mucho, mucho tiempo desde
que había estado en un silencio como éste, desde que se había concedido la
opción de permanecer en silencio, con ella misma.
Gilly bebió del silencio como si fuera vino, y se sintió tan ebria de ello.
Sin lloriqueo, sin protestas. Nadie pidiendo parar para orinar o para cambiar
la estación de radio. Nadie ignorando peticiones. Nadie quejándose de que iba
demasiado lento o demasiado rápido. Nada más que un suspiro ocasional del
hombre en el asiento del conductor a su lado, o el tintineo del metal para
recordarle que él aún tenía el cuchillo listo a su lado.
El hombre despertó con un bufido y agitando los brazos. El cuchillo silbó a
través de los escasos centímetros de aire de la mano y el brazo de ella, y
luego golpeó contra la consola central, haciéndolo sonar. Gilly viró
bruscamente a través de la línea central y luego volvió a estabilizarse, con el
corazón palpitante. El hombre se sentó y se frotó la cara con la mano que no
blandía el arma.
—¡Mierda!
Gilly se removió en su asiento y reposicionó sus manos en el volante. Ella
no dijo nada. Su secuestrador murmuró y tocó la empuñadura de la cuchilla en su
mano, luego aparentemente decidió fingir que no había dormido en absoluto. Tal
vez pensó que ella no lo había notado.
—¿Dónde estamos? —soltó como si no notara que debía ser ella la que
preguntara.
Gilly le mostró inclinando la cabeza hacia la señal de tráfico que acababan
de pasar. Habían estado en la carretera durante dos horas. Sus pensamientos se
desplazaron brevemente hacia Arwen y Gandy. ¿Los había recogido ya Seth? ¿Estaban en casa, a
salvo en la cama? Era más allá de la hora de acostarse, y Arwen era imposible
por la mañana si no dormía lo suficiente...
—¡Te he hecho una pregunta!
El golpeteo de la hoja del cuchillo contra su hombro hizo que la camioneta
se sacudiera bajo sus manos sobresaltadas. Gilly gritó, aunque él sólo le había
dado unos golpecitos con la hoja. Ella estabilizó la enorme camioneta, visiones
del enorme vehículo rondando sacó cualquier otro pensamiento de su cabeza.
—¡Presta atención!
—Lo siento —dijo ella, pero no sonó como una disculpa. Lo intentó de nuevo—.
Lo siento.
Ella le informó en voz alta, aunque por ahora se habían pasado otra señal. Lo
vio fruncir el ceño a las letras blancas con fondo verde, y se preguntó si no
podía leer. Sacó un arrugado pedazo de papel de su bolsillo y lo sostuvo en
alto, encendiendo la luz de mapa para mirarlo.
—Necesitamos la ruta 80 —Sacudió el papel hacia ella—. ¿No vas por el
camino equivocado, ¿verdad?
La injusticia de la acusación picó en su respuesta. —¡Tú eres el que me está
diciendo qué camino tomar!
Lamentó su estallido cuando él enseñó los dientes, con sangre tiznada entre
los resquicios, y levantó el cuchillo.
—Tengo un cuchillo. —Su voz fue ronca.
—Lo sé.
—No me hables como si fuera una especie de maldito idiota.
Si la iba a cortar, no lo haría mientras ella conducía. Haría que se
detuviera primero. ¿No?
—Lo siento.
—Está bien. —Parecía creer que habían llegado a algún tipo de acuerdo
mutuo. Gilly no sabía lo que podría ser, pero no iba a discutir.
—No hemos pasado la ruta 80 todavía.
Levantó el trozo sucio de papel de nuevo. —Ahí es donde tenemos que ir.
—Ni siquiera hemos llegado a State College —dijo Gilly, sin señalar que
habrían estado allí mucho tiempo antes si no la hubiera hecho tomar como un
loco una ruta indirecta.
Gilly esperó para oír lo que diría a continuación. Él no dijo nada. Los
neumáticos resonaron. Sintió que él miraba.
—Vamos a necesitar combustible —dijo ella finalmente, desde que incluso
amaba la tranquilidad, y la ansiaba, también la asustaba—. Dependiendo de lo
lejos que estemos yendo.
Él se acercó para mirar el medidor de gas. Ella esperaba que oliera a
sudor, a suciedad. Que emitiera enfado o miedo, algo malo.
Olía a jabón y el aire frío. Por primera vez se dio cuenta de que ni
siquiera llevaba un abrigo de invierno, sólo jeans y una desgastada sudadera de
cremallera con capucha. En la iluminación del tablero verde no podía decir el
color, pero todo en él era oscuro. El pelo, los ojos, la descuidada barba creciente
que apenas pudo distinguir. Una rápida mirada a sus pies reveló botas enormes y
maltratadas.
—Mierda. —Él se echó hacia atrás en su asiento. El cuchillo parecía
olvidado a su lado, pero ella no estaba segura de poder confiar en esa
impresión. Un movimiento repentino y podía encontrarse con cuatro pulgadas de
acero en su interior.
Más tarde, cuando todo hubiera terminado y pudiera ser totalmente honesta
consigo misma, Gilly pensaría que fue ese olor limpio a jabón y aire fresco lo
que la dejaría quedarse. Eso y el silencio. La gente asumiría que fue el
cuchillo, y ella nunca los desengañaría de esa noción, pero Gilly sabía la
verdad. Olía bien, y él no hablaba mucho. Estaba mal... pero en ese momento,
era suficiente.
Pasaron unas cuantas millas antes que él suspirara y se frotara los ojos. —¿Cuánto
tiempo antes de que tengamos que parar?
Miró el indicador. —Tenemos menos de un cuarto de tanque.
Su captor hizo un ruido sordo de disgusto. —En la próxima estación de
servicio, para.
No estaban en un tramo particularmente poblado de la carretera, pero no
pasaría mucho tiempo antes de que encontraran una estación. Él se inclinó de
nuevo hacia delante para golpear el botón de la radio y lo encontró sólo
estático. Pulsó el botón para reproducir el CD. Las conocidas palabras de una
canción de cuna, aunque una no convencional y no tradicional, sonaron por los
altavoces.
—¿Qué demonios es esto? —Él bajó el volumen.
Su sonrisa se sintió fuera de lugar, pero no pudo evitarlo.
—Bat Boy³: El Musical.
Escuchó un momento más las palabras, la suave promesa de una madre de alimentar
al despreciado y no deseado niño-murciélago encontrado en una cueva y llevado a
su casa. La canción era una de las que a Gilly le gustaba cantar, pero no
ahora. Cuando terminó y la siguiente canción del extravagante musical de rock
se había hecho cargo, él apuñaló el botón de la radio para apagarla.
—Eso es raro —dijo sin rodeos—. ¿Escuchas eso con tus hijos en el coche?
Pensó en Arwen, que no había visto el programa, pero que le encantaba
cantar las canciones también. —Sí.
Él sacudió la cabeza. —Maldición. ¿De qué se trata?
Su voz tenía el tono áspero de un fumador. Hablaba
despacio, como si la elección de cada palabra fuera un esfuerzo mental, pero no
arrastraba las palabras o usaba mal la gramática. Su voz hacía juego con el resto de su cuerpo descuidado y maltratado.
arrastraba las palabras o usaba mal la gramática. Su voz hacía juego con el resto de su cuerpo descuidado y maltratado.
—Se trata de Bat Boy. —Los ojos de Gilly escanearon las señales de la
carretera, buscando una que mostrara una salida o estación de servicio por
delante—. Es... es simplemente divertido.
—¿Quién diablos es Bat Boy?
Ella vaciló, sabiendo ya cómo sonaría la respuesta. —Él es mitad humano,
mitad murciélago. Lo encontraron en una cueva en Virginia.
—Me estás jodiendo. —Incluso sus maldiciones fueron recortadas y precisas,
como si estuviera hablando un diálogo escrito en lugar de sus propios
pensamientos.
—Es una historia —dijo—. De Weekly
World News. No creo que sea real.
Él se echó a reír. —No jodas.
—Hay una estación de servicio por delante. ¿Quieres que me detenga por allí?
Se tensó, esperando su respuesta. Él se encogió de hombros, se inclinó
hacia delante para comprobar el medidor de gas de nuevo. —Sí.
Hizo una señal y desaceleró al costado. El corazón se le aceleró y sus
manos se humedecieron. La ansiedad se apoderó de ella, y se negó a reconocer la
sensación de pérdida porque no quería pensar en lo que significaba. Al parecer,
él se acordó de la navaja, por el momento lo sacó y lo agitó hacia ella de
nuevo. —No te olvides que tengo esto.
Como si pudiera. —No.
Frente a ellos el estacionamiento estaba lleno, incluso a esta hora de la
noche. Las luces brillantes hicieron que Gilly entrecerrara los ojos. Llevó la
camioneta hasta el surtidor y apagó el motor. Esperó por las instrucciones,
aunque normalmente que se le instruyera qué hacer la irritaba. Ahora se sentía
como si no pudiera hacer otra cosa que esperar a que se le diga qué hacer. Cómo
hacerlo.
Él se inclinó lo suficiente para besarla. Su aliento olía a goma de mascar Big Red. —Dame las llaves.
Gilly las sacó del encendido y las dejó en su palma. Sus dedos se cerraron
sobre los de ella, apretando. Ella hizo una mueca.
—Si haces algo como encender los faros, te destriparé como a un venado.
¿Entiendes?
Ella asintió con la cabeza.
—Iré al surtidor. —Él esperó, mirándola.
Ella vio un destello de aprehensión en su rostro, tan rápido que no estuvo
segura de haberlo visto en absoluto. Levantó el cuchillo, pero a baja altura
así nadie mirándolos lo vería a través de las ventanas. —No salgas del coche.
No hagas nada. Recuerda lo que dije.
Esperó a que pidiera dinero. —No tengo mi bolso.
Él hizo ese sonido de asco de nuevo, y esta vez sonó desdeñoso, también. —No
necesito tu dinero.
Retiró el cuchillo y lo puso en una funda de cuero de su cinturón, metió
las llaves en el bolsillo, luego abrió la puerta y fue alrededor del surtidor, usando
el mando para cerrar la puerta. Tanteó los botones y la pistola del surtidor de
gas, finalmente consiguiendo verter la gasolina. Entonces él entró.
Gilly se sentó y lo miró. Después de un momento, sorprendida, notó que era
la segunda vez que había dejado de prestarle atención. Se sentó un momento más,
viéndolo elegir productos del refrigerador, en las secciones de aperitivos y revista.
Desde esa distancia tuvo su primer buen vistazo de él. Era alto, de al menos un
metro ochenta y ocho, o noventa, si ella juzgaba correctamente.
Había visto que su pelo era oscuro, pero bajo las luces fluorescentes del
autoservicio resultó ser un castaño oscuro que caía en un manojo desgreñado justo
hasta debajo de los hombros. No sonrió al empleado y tampoco pareció estar
haciendo una pequeña charla, mientras ponía su considerable pila de bienes en
el mostrador. Hizo un gesto al empleado por varios cartones de cigarrillos, Marlboro Reds. Estaba gastando un montón
de dinero.
No se apresuró. No pareció nervioso o preocupado. Podía ver el cuchillo en
su funda de cuero desde allí, asomándose desde debajo del borde de su camiseta
gris oscuro, pero ésta era zona rural de Pensilvania. Campo de caza de ciervos.
Nadie lo miraría dos veces, a menos que fuera para admirarlo.
En el exterior, el surtidor de gas se apagó. Gilly se movió en su asiento.
En el interior del autoservicio, su secuestrador sacó un sobre del bolsillo de
su sudadera y revolvió el contenido. Ofreció algunas billetes al empleado,
quien tomó el dinero y empezó a embolsar las compras.
Esto era todo. Podía correr. No iba a perseguirla. Si lo hiciera, no podría
alcanzarla.
Podía gritar. La gente oiría. Alguien vendría. Alguien podría ayudarla.
Ella respiró de nuevo, sin gritar. La mujer de rostro blanco y labios
apretados en el espejo retrovisor no podía ser ella. La sonrisa que se obligó parecía
más como desnudar los dientes, una sonrisa fiera más temible que amable.
El tiempo se había desacelerado y detenido, congelado. Había sentido esto
una vez cuando golpeó un ciervo saltando desde el bosque cerca de su casa. En
un momento el camino había estado despejado, al siguiente su ventana estuvo
llena de piel morena, un cuerpo aplastando la parte delantera de la camioneta y
deslizándose a través del parabrisas para romper el vidrio. Había visto todas
las piedras de la calle, cada pelo en el cuerpo del venado antes de que todo se
hubiera convertido en una bruma.
Hoy había sentido esa percepción más lenta del tiempo detenido dos veces.
La primera, cuando el hombre se deslizó por el asiento y le apuntó con el
cuchillo en la cabeza. La segunda vez era ahora.
Ella no iba a volver. No a las citas del veterinario, la práctica de
ballet, la lavandería y las facturas. No iba a regresar a las necesidades, los
lloriqueos, las constantes e interminables demandas de su esposo e hijos que la
hacían sentir algunos días que su cabeza simplemente podría explotar. No sabía
a dónde iba, sólo que eso no había vuelto.
Cuando él abrió la puerta del lado del conductor, se vio tan asustado como
ella debió haber estado cuando apareció por primera vez en su vida. —No... no
pensé que todavía estuvieras aquí.
Gilly abrió la boca, pero no dijo nada.
Sus ojos cortaron de un lado a otro mientras su boca se estrechaba. —Muévete.
Así lo hizo y él entró. Giró la llave y puso la camioneta en marcha. Gilly
no habló, no tenía nada que decirle. Con sus pies sobre la bolsa de lona que él
había aplastado en el suelo del lado del pasajero, sus rodillas se sentían como
si fueran a frotar sus orejas. Él empujó algo a través de la consola central hacia
ella: la última edición de alguna imitación en negro y blanco del Weekly World News, no la cosa real. La
real había salido publicada un año antes.
—¿Te importa si fumo?
Le importaba, el olor a cigarrillos la haría sentir náuseas y asfixiarse. —No.
Pulsó el encendedor y mantuvo su punta encendida hasta el final del
cigarrillo. El humo le picaba en los ojos y la garganta, o tal vez fueran sus
lágrimas. Gilly volvió su rostro hacia la ventana. Empujó el lote y volvió a la
carretera, dejando caer la oscuridad a su alrededor con la suavidad y el
confort de un edredón.
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²GPS que cubre la mayoría de
carreteras con el máximo nivel de precisión.
³Bat-boy: Niño-murciélago.
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