lunes, 13 de mayo de 2013

Capítulo Séis


Todd entró por la puerta justo cuando Gilly terminó de poner la mesa con un paño a cuadros rojos y blancos, y un conjunto precioso de platos de la era de la Depresión y objetos de plata que había encontrado en el cajón. Aunque la plata estaba empañada y varios de los platos rotos o astillados, sólo podía imaginar lo que piezas como éstas vendían en una tienda de antigüedades. Cientos, tal vez miles de dólares. Él se detuvo en la puerta para olfatear el aire. Una vez más, le recordaba a un hambriento perro carente de amor merodeando por la puerta de la cocina.
—Huele bien. —Él movió el bolsillo de su sudadera, luego sacó sus llaves. Y las dejó en el mostrador.
Gilly deliberadamente mantuvo los ojos lejos de ellas. —Espero que tengas hambre —dijo rotundamente—. He hecho un montón.
Todd sacó su silla con un chillido que envió escalofríos por su espalda, como uñas en una pizarra. —Malditamente hambriento.
Gilly vertió los espaguetis en el colador que había puesto en el fregadero. Nubes de vapor se elevaron a su cara y cerró los ojos. Recogió un poco en un plato y fue a la mesa, tomando asiento frente a él.
Todd no sirvió a sí mismo, sólo la miró expectante. Con un silencioso suspiro, se levantó de su asiento y llevó el plato de él al fregadero, dejó caer una porción de espaguetis en la parte superior y lo salpicó con la salsa. Luego tiró un pedazo de pan de ajo al lado de los espaguetis y se lo entregó.
—Gracias.
Al menos tenía buenos modales.
Comieron en silencio, sólo interrumpido por el sonido de masticar y sorber. Gilly disimuladamente observó el movimiento de su boca mientras engullía pasta. La barba de unos días en sus mejillas rojizas, el pelo rojizo oscuro brillando a la luz de lo alto.
—Esto está bueno —Se limpió la boca con la servilleta que había doblado al lado de su plato—. Muy bueno.
—Gracias. —Limpiar le había dado hambre. Había comido un gran plato lleno y se echó hacia atrás, con el estómago casi demasiado lleno.
Todd eructó largo y ruidosamente, el tipo de ruido que en casa se habría ganado una carcajada seguida de una reprimenda. Gilly no hizo nada. Bebió un poco de agua, observándolo.
—¿A dónde fuiste?
—Fuera.
Realmente no esperaba que le dijera. Bebió más agua y se secó la boca. Todd la miró, con la boca llena. Masticó y tragó.
—¿Por qué has hecho esto? —Hizo girar otro bocado de espagueti, pero no lo comió.
—Para ser agradable —dijo Gilly. Era más que eso.
Los ojos de Todd se estrecharon. Él lo sabía. —¿Por qué?
Sólo la honestidad sería suficiente. Gilly respiró hondo. —Porque espero que siendo agradable contigo, me dejarás ir a casa.
Todd se echó hacia atrás en su silla, inclinándola. —No puedo. Sabes mi nombre. Ya sabes dónde estamos. Le dirás a alguien. Ellos vendrían.
La desesperación se deslizó en su voz. —No sé dónde estamos, ¿recuerdas? Podrías vendarme los ojos. Llévame a algún lugar lejos, bótame fuera.
Todd negó con la cabeza.
Su voz se elevó con tensión. —No le diré a nadie tu nombre. O cualquier cosa. Diré que no sé nada, te lo juro. Si me dejas ir, yo...
—¿No lo entiendes? Nunca podré dejarte ir ahora. Jamás. —Sus manos se aferraron a la mesa. Su rostro se retorció de odio. —¿No lo entiendes?
—¡No! ¡No lo hago! No me quieres aquí, así que sólo... —Su voz se quebró, se suavizó, se deslizó en un murmullo—. Por favor, Todd. Por favor.
Una vez más, negó con la cabeza. Su voz se hizo más baja también. —Dices que no les dirás nada, pero incluso si lo dices en serio, sé que lo harás. Vas a tener que. Te mantendrán hasta que digas algo y lo harás. Es la mierda que ellos hacen, Gilly.
—¿Quiénes?
—Ellos. Los policías. Tu terapeuta. Tu maldito marido, no lo sé. Alguien querrá saber dónde diablos estabas y con quién, no puedes decirme que no te descompondrás y les dirás. Lo echarás todo, y estaré totalmente jodido. Y te diré algo —dijo Todd, su voz aún más baja, con el cuerpo rígido y tenso—, no volveré a la cárcel.
Gilly no estaba sorprendida de que Todd hubiera estado en la cárcel. Él debió haber visto la falta de asombro en su expresión, porque primero se vio avergonzado, luego desafiante. Levantó la barbilla hacia ella.
—Lo digo en serio. No pienso volver. Nunca. No puedo.
—Debiste haber pensado en eso antes —dijo Gilly en voz baja, pero lo suficientemente alto como para que la oyera.
—¿Crees que jodidamente no lo hice?
Gilly se encogió de hombros. —No sé lo que pensabas. Pero tienes que ver que no importa lo que pase, vas a ser atrapado, Todd. Ya sea si me dejas ir o escapo.
Él la miró, con los ojos oscuros separándola y dejando grandes huecos en las costuras de su compostura.
—No. Haré... lo que tenga que hacer. —Las palabras fueron cortantes y firmes, con una expresión dura.
Gilly había pensado lo mismo. Haría lo que sea que tenía que hacer, para sobrevivir. Para salir de allí y volver con su familia. Si Todd estaba tan desesperado como ella… pero no podía permitirse pensar en eso ahora. No podía permitirse tener miedo. El tiempo se detuvo mientras se miraron mutuamente. Por el rabillo del ojo, Gilly vio un destello de metal en el mostrador al lado de ellos. Aunque trató de no dejar que sus ojos parpadearan, algo en su mirada debió haberla delatado. Lo vio en sus ojos, la súbita cautela que demostró que sabía lo que estaba pensando.
Todd se lanzó cruzando la mesa mientras Gilly empujaba hacia atrás su silla con tanta fuerza que cayó al suelo. Los dedos de él se extendieron en garras de forcejeo, rasguñando su cuello, pero no consiguió detenerla.
Gilly hubiera golpeado el suelo si la pared no hubiera estado tan cerca de ella. En cambio, golpeó la parte posterior de su cabeza lo suficientemente fuerte para ver estrellas. Rodó a lo largo de la corta longitud de la pared hasta llegar a la apertura de la sala de estar. Sus pies tropezaron entre sí y casi cayó, pero sus manos extendiéndose, encontraron el borde del mostrador, y se quedó en posición vertical. Sus dedos se cerraron sobre el manojo de llaves.
Todd se movió con rapidez y gracia atlética, pero Gilly tenía en su cabeza a sus hijos como combustible. Se volvió con rapidez, mientras él  la agarraba. Las llaves sobresalían de entre sus nudillos, y las blandió con fuerza contra él. El metal cortó su mejilla. Él puso una mano sobre la herida, de la cual manaba sangre brillante.
Él la atrapó justo dentro de la sala de estar y golpeó sus pies debajo de ella. Gilly cayó al suelo sobre sus manos y rodillas, con las llaves aún sujetas firmemente en su puño. Con un gruñido, Todd la sujetó por los tobillos y tiró de ella más cerca, arañando la parte trasera de su camiseta, pero sin ser capaz de inmovilizarla.
Gilly rodó y pateó mientras él se cernía sobre ella. Los ojos de Todd brillaban feroces con la sangre en su cara como pintura de guerra. Él agarró la parte delantera de su camisa, rompiéndola.
Ella le dio una patada en las pelotas. Su pie no conectó de lleno, alcanzando parte de su muslo, pero fue suficiente. Todd se puso de rodillas con un gemido ahogado. Gilly se levantó y echó a correr.
La adrenalina la estimulaba. Voló a la puerta y saltó a través de ella, dejándola abierta. Había juzgado mal las escaleras y el suelo helado por lo que cayó de bruces sobre sus manos y rodillas. Las rocas rasgaron sus pantalones y su piel. No perdió las llaves aunque el metal afilado le cortó.
Gilly se puso de pie, con las palmas ensangrentadas, y corrió hacia la camioneta. Oyó a Todd gritando y maldiciendo en el porche detrás de ella. No se detuvo a mirar a su alrededor.
La nieve ligera cayendo se había convertido en gruesas mantas suaves de blanco, ocultando el traicionero hielo debajo. Gilly se deslizó, pero evitó caerse esta vez. Ella golpeó el lado del conductor de lleno, con fuerza suficiente para enviar picos de dolor en su hombro y abollar la puerta. Las llaves rayaron la pintura como cuatro garras mientras agarraba el pomo de la puerta para no caerse. Él la había bloqueado. Sus dedos entumecidos tentaron con el mando a distancia en el llavero.
—¡No hagas esto! —gritó Todd desde el porche. Una repentina ráfaga de viento se llevó sus palabras.
Gilly abrió la puerta y se metió en el asiento del conductor. Sus manos ardieron mientras agarraba el volante y metía las llaves en el encendido. Tenía que hacer esto ahora, porque no lo había hecho antes. Debido a que había sido una loca antes, una estúpida loca. Había dejado que este hombre la llevara lejos de su casa, su marido y sus hijos.
El Suburban rugió a la vida. Gilly mantuvo su pie firme en el acelerador. Su rodilla derecha, ya golpeada desde que se había pegado allí antes, había tomado lo peor de su caída y ahora palpitaba con cada movimiento. La sangre brotaba hacia sus palmas y sus manos se deslizaban hasta que obligaba a sus dedos congelados curvarse. Tiró de la palanca de cambios hacia atrás y aceleró la camioneta, pasando muy cerca del árbol que se alzaba en su espejo retrovisor.
Conduce.
Sus pies mojados se deslizaron sobre el pedal y la luz de los faros giró salvajemente mientras forzaba a la camioneta a través de la nieve. No se había dado cuenta de que había llegado a ser tan profunda. El vehículo se deslizó un poco, rebotando en los baches cuando ella arremataba el acelerador.
El corazón le martilleaba. Todo lo que tenía delante era negro y las luces no estaban ayudando mucho. Trató de recordar el tiempo que tomó este camino, dónde dio la vuelta, lo lejos que estaba de la puerta y no pudo. Lo único que podía hacer era manejar.
A su izquierda, la montaña. A la derecha del camino estrecho, hielo resbaladizo, una pendiente pronunciada. Una línea de árboles se alzaba frente a ella como la inclinación del camino. Gilly frenó, estando en pánico olvidó todo lo que había aprendido acerca de la conducción. La camioneta fue en un largo y lento deslizamiento. Parecía imposible que en realidad hubiera golpeado una hilera de árboles, no en cámara lenta. Su mente estaba en cámara lenta. Sus reacciones también. Pero no la camioneta. Cortó a través de árboles con un amplio y enojado estrépito que golpeó los oídos de Gilly. El gran vehículo se inclinó, lanzándola contra la puerta, y estrellándola de golpe al suelo con un ruido sordo que la sacudió hasta los huesos. No tuvo tiempo de pensar que iba a estar bien antes de mirar por la ventanilla y ver el lado de la montaña llegar a ella.
El Suburban viró hacia la pared de roca. El metal chirrió. Gilly, sin tener puesto el cinturón de seguridad, se echó hacia adelante en el volante con fuerza suficiente para sacarle el aliento. No terminó allí, la camioneta se estremeció y gimió, resbalando en el hielo y la nieve.
Ella estaba volcando.
Gilly no tenía aliento para gritar. Ella tenía tiempo para orar pero no salió nada, excepto la visión de los rostros de sus hijos. Esa fue oración suficiente. El Suburban se sacudió fuera de la carretera y sobre el borde, casi vertical al principio y luego con un enorme y descomunal golpe, descansó con el capó arrugado contra un árbol. El airbag ni siquiera estalló, algo que sólo se dio cuenta cuando pudo ver con claridad, los árboles doblados y rotos apenas lograban mantener al vehículo de deslizarse montaña abajo. El claxon baló y murió. Las luces interiores se habían encendido y el sonido metálico que anunciaba una puerta abierta sonaba aunque todas estuvieran cerradas.
Todo estaba borroso. Ella saboreó la sangre. Una calidez recubría su regazo y vagamente, Gilly estaba avergonzada al pensar que podría haberse meado. No era orina, sino más sangre brotando de la parte superior de su muslo. Ella gimió, el sonido de su voz demasiado alto.
La puerta se abrió. Gilly gritó, entonces, con chillidos y silbidos, pero con toda la fuerza que pudo reunir. En el minuto siguiente Todd tiró de ella desde el asiento del conductor, empujándola contra el metal. Gilly giró y falló.
—¡Déjame ir!
—¡Perra loca y estúpida! ¿Qué coño crees que estás haciendo? —Todd la sacudió.
Junto a ellos, la camioneta se quejó. Los árboles cedieron. El metal detrás de su espalda cambió y se movió, y Todd tiró de ella unos pasos hacia él. Gilly luchó contra él, pero no pudo liberarse.
Nada parecía real. El dolor en cada parte de ella no era tan malo como saber que había intentado y no pudo escapar. Ella luchó contra él con dientes y garras de uñas que Arwen había pintado azul claro ayer.
Todd esquivó sus puños oscilantes y sus dientes. Palmeó su rostro primero con la mano, luego, cuando no se detuvo de golpearlo, con el dorso de la mano con tanta fuerza que su cabeza se echó hacia atrás. Gilly cayó en la maleza cubierta de nieve y se empapó al instante. Rosas rojas florecieron en frente de sus ojos.
—Perra estúpida —dijo Todd, esta vez en su oído. La había levantado cuando estaba repentinamente flácida como un muñeco de trapo.
Él la había golpeado. Nadie la había golpeado de esa manera en un tiempo muy largo. La sangre goteaba de su boca, aunque todo estaba tan ensombrecido que no podía verla escurrirse sobre la nieve.
Los dedos de Todd se clavaron en sus brazos mientras la tiraba en posición vertical y la sacudía. Todo estaba oscuro y frío a su alrededor, y el sonido de las ramas crujiendo era muy fuerte. Las luces de la camioneta de repente se apagaron.
—Despierta. No puedo subir tu culo esta colina si eres peso muerto.
Gilly parpadeó y luchó débilmente. —No... me golpees... otra vez.
—No quiero golpearte, por el amor de Dios. —Todd parecía disgustado—. Sólo obtén tu culo moviéndose. ¿Qué si el árbol no te hubiera sostenido, eh? ¿Quieres quedar arrasada por la camioneta mientras se derrumba el resto de esta colina? Mira allí arriba, ¡cómo jodidamente de lejos tenemos que subir el camino!
Gilly no miró. Realmente no podía. Al girar su cabeza le atravesaba una brillante punzada de dolor. Además, estaba demasiado oscuro. Los faros estaban apuntando hacia otro lado, por la pendiente empinada, y mientras observaba ellas parpadearon y se apagaron, seguido un instante después por la alerta de la luz interior.
—Ah, mierda —murmuró Todd en el repentino silencio—. Quédate quieta. No te muevas.
Como si hubiera podido. Gilly, floja, fue a sus rodillas cuando Todd la soltó. La nieve era blanda y espesa, pero no lo suficientemente profunda para acunarla. Las rocas y trozos de ramas rotas la apuñalaron.
—Muy bien. Vamos. Levántate. Puedo ver —dijo Todd, y tiró de ella por la parte de atrás de su cuello.
Gilly no podía. Todo estaba negro. Ella escarbó a lo largo de la pendiente con Todd tirando con fuerza suficiente para tirar de sus pies un par de veces.
Esto era una pesadilla. Tenía que serlo. ¿Cierto? El dolor, la oscuridad y el miedo. Llegaron a la cima de la pendiente y Todd se detuvo, respirando con dificultad. Ahora, en lugar de rocas y árboles rotos, la gravilla roía la piel de Gilly mientras iba sobre sus manos y rodillas. Sin embargo era más fácil estar de pie cuando Todd la sujetaba de la parte posterior de su cuello otra vez.
De alguna manera volvieron a la cabina, aún la luz en llamas le hacía daño en los ojos después de tantos largos minutos en la oscuridad. Gilly estaba más allá de luchar contra él en ese momento. Apenas pudo llegar a los escalones de la entrada y en la sala de estar. Definitivamente no logró por las empinadas y estrechas escaleras hasta el segundo piso. Todd, maldiciendo y murmurando, lo hizo dando un tirón y empujándola.
Con las manos ásperas le obligó a entrar en la cama que había dormido. Cuando trató de quitarle la camisa, Gilly encontró fuerza para luchar contra él de nuevo. Todd gritó otra serie de maldiciones.
—¡Deja de pelear conmigo!
Pero ella no lo haría. Si esto era una pesadilla, iba a mantenerse en movimiento y arañando, a pesar de que cada movimiento la hiciera llorar de dolor. Todd, por último, arrancó su camisa completamente por la parte delantera, la empujó sobre la cama y tiró de sus pantalones, también.
Gilly pateó lo más fuerte que pudo. Tal vez Todd la esquivó, tal vez falló. No lo sabía. Todo lo que sabía era que la agarró por los brazos, sus dedos cavando profundamente en su carne, dando un tirón para ponerla de pie.
—¡Estoy tratando de ayudarte! —gritó Todd en su cara, con el aliento caliente y escupiendo húmeda saliva en sus mejillas. Luego: —Oh, mierda. ¡No te desmayes sobre mí, Gilly!
Pero Gilly lo hizo.

2 comentarios:

  1. SIGUE!
    dios, que rayos pasara con estos tipos!
    para que quiere Todd a Gilly.
    MALDICION
    que emocion!

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    Respuestas
    1. Aunque parezca increíble no he terminado el libro! xD
      Iba por medio libro cuando sentía que me perdía muchas cosas, ahora re-leyendo estoy mordiéndome las uñas con cada capi :P

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