miércoles, 15 de mayo de 2013

Capítulo Siete


Gilly despertó ciega. Ella dio un vuelco en posición vertical, arañando su cara. —¡Mis ojos!
Tenía los ojos sólo medio cerrados, no ciegos. Y un ligero dolor de cabeza pero de forma persistente lo que significaba que no había aspirina que podría detenerlo. El aire frío aguijoneó un largo corte en su mejilla. Se llevó los dedos temblorosos en él y sintió la curva de la herida en el lado izquierdo de su mandíbula llegar a la esquina de su ojo. El accidente había tenido su parte de piel y sangre de su rostro, el cual se sentía hinchado y sensible. Le dolía el pecho por el impacto contra el volante, pero a pesar de que sentía moretones, nada parecía estar roto.
Llevaba un camisón grueso de franela que se arrugaba sobre sus muslos. Odiaba los camisones por esa misma razón. Tocó la tela suave con sus afiladas uñas rotas y se estremeció con repugnancia.
Gilly probó sus extremidades una por una, catalogando dolores y molestias que iban desde leves a agonizante. El cuello se llevó lo peor. El dolor cuando levantaba la vista a la izquierda era lo suficiente insoportable para retorcer su estómago. La herida en el muslo resultó ser poco profunda pero fea, dolía al tacto y seguía rezumando sangre y líquido transparente.
Sin embargo, ella estaba viva. Tenía eso.
Un roce de pies desde las escaleras le informó que él estaba viniendo. Habló antes de verlo. —¿Qué hora es?
—¿Importa?
Hizo una pausa en la parte superior de las escaleras, pero ella podía verlo a través de la partición. Gilly se frotó las sienes, pero las punzadas no disminuyeron. —No. Supongo que no.
Todd dio unos pasos más cerca. —¿Cómo estás?
—Mal.
—Eres un desastre —dijo inexpresivamente—. ¿Lo sabes?
Gilly se encogió de hombros. Era el movimiento más leve que podía hacer sin necesidad de abrirse alguna herida. No fue lo suficientemente ligero; le dolió y más dolor estalló.
—¿Qué mierda estabas pensando?
Ella lo miró. —Quiero ir a casa.
—Sí, bueno, yo quiero un millón de dólares.
Gilly parpadeó ante este intento de... ¿humor? ¿Sarcasmo? Lo había dicho con toda seriedad, así que no podía estar segura. —Me duele la cabeza. También el cuello. Creo que me torcí algo. Y este corte en la pierna necesita puntos de sutura.
—No jodas. Tienes suerte de no haber salido con algo peor. Ese fue un gran choque allí. —Todd dejó escapar un silbido—. Lindo ojo morado.
Gilly se levantó de la cama y fue a la sucia ventana del ático. Todo su lado izquierdo se sentía a carne viva. Hizo una mueca con cada paso, pero pudo caminar. Todo el exterior era blanco. La nieve se apilaba contra la cabaña en surcos que parecían elevarse casi hasta la cintura. Un desvío gigante casi llegaba hasta el alféizar de la ventana.
No. Oh, no.
—¿Todo esto en una noche? —chilló incrédula. Puso sus manos en el vidrio frío.
Todd se trasladó a su lado. Ella se aparto de él, pero no pareció darse cuenta. Se inclinó hacia delante para mirar por la ventana. —Nevó toda la noche y también toda la mañana. Se detuvo hace una hora. El cielo todavía está gris. No creo que haya terminado.
—¿Y la camioneta?
Él se encogió de hombros. —Totalmente destrozada. A mitad de camino por la montaña, a menos que ese árbol se rompiera; si es así esa porquería está todo el camino abajo, y puedes olvidarte de incluso tenerla de vuelta.
Ella ya sabía eso, pero dejó escapar una ráfaga de suspiro que se convirtió en un pequeño gemido. —Oh, no.
—Espero que tengan un buen seguro.
Otra broma que Gilly no encontró divertida. Apretó la cara contra el cristal, con los ojos cerrados y soltó otro pequeño suspiro de desesperación. —¿Eso siquiera importa ahora?
Todd rió y se alejó de ella. —Probablemente no. No deberías haber tratado de escapar. Eso fue una estupidez.
Gilly lo miró. Ella buscó en su rostro signos de amenaza, pero ¿qué haría incluso si lo viera? ¿Correr? ¿Luchar? Ella había fallado miserablemente en ambos.
—Tú no me diste otra opción. Tengo que llegar a casa con mis hijos. Mi marido probablemente está muy preocupado.
Todd se encogió de hombros. —Ninguno de los dos va a ninguna parte hasta que se derrita la nieve. No sin la camioneta. Estamos bastante jodidos.
Gilly volvió a la cama y se sentó. —Quiero ir a casa.
Su rostro se endureció, sus suaves ojos oscuros se entrecerraron. Lanzó sus propias palabras a ella. —Tal vez debiste haber pensado en eso antes.
No lo pierdas...
Pero ya lo había perdido.
—¡Que te jodan! ¿Crees que no lo sé? ¡Jódete Todd! —chilló Gilly, tambaleándose sobre sus pies con los puños agitándose.
Si se hubiera dirigido a su rostro probablemente no lo habría golpeado, pero uno de sus movimientos bruscos lo atrapó justo debajo del ojo. Todd se tambaleó hacia atrás, murmurando maldiciones. La anterior herida que le había infringido se abrió, rezumando sangre. Gilly se mantuvo firme, con los puños apretados y los dientes castañeteándole, dispuesta a golpear de nuevo.
Él extendió la mano, rápido como un gato, y la agarró por los hombros. Él la sacudió como uno lo hace a un niño travieso, o una mascota, cada sacudida enfatizando una palabra. —Es la segunda vez. No lo hagas otra vez.
—¿O qué? —gritó—. ¿Qué podrías hacer que sea peor de lo que ya has hecho?
Todd la miró con una plana mirada oscura durante mucho tiempo antes de responder. —Podría hacerlo peor.
La soltó tan repentinamente que se tambaleó hacia atrás, su agresividad se esfumó como aliento soplado sobre una cerilla. Estaban en un callejón sin salida. Gilly se frotó el lugar dolorido que los dedos de él habían dejado, sólo uno más para añadir a los varios que ya tenía.
Sin decir una palabra, Todd bajó las escaleras. Ella se acercó a la ventana de nuevo y miró hacia la vasta extensión de blancura. Incluso los árboles se habían cubierto de pesadas mantas de color blanco, desdibujando sus líneas y haciéndolos nada más que montículos imprecisos. No iba a ninguna parte hasta que eso se derritiera. Tal vez tan pronto como en marzo o tan tarde como en abril, pero abril estaba a tres meses.
Tenía la garganta seca. Necesitaba un trago. Gilly miró alrededor de los muros de la prisión que había creado para sí misma. Una ola de mareo se apoderó de ella, se sentó en la cama y apoyó la cabeza en la almohada, esperando que pasara. Había pillado cada virus de gripe que Arwen traía a casa del jardín, desde el virus estomacal más desagradable hasta el más persistente de los resfriados. Ninguna cantidad de lavado de manos pareció ayudar, y tenía dudas sobre el uso excesivo de desinfectante para las manos, temiendo crear una súperbacteria más que poner en riesgo la posibilidad de alcanzar otro caso de resfriado. Había estado tomando antibióticos, tomándolo y dejándolo por unas semanas, para deshacerse de una mala infección en los senos. Ahora se sentía aún peor, adolorida de la cabeza a los pies y temblando con escalofríos. Caminó el tiempo suficiente para deslizarse por debajo de las sábanas de nuevo y cerró los ojos ante el dolor punzante detrás de sus párpados.
Si había alguna ventaja para ella, era la misma fuente que su ansiedad. Estaba enferma, podía descansar sin temor a que pequeñas manos tiraran de ella, o que pequeñas voces llamaran su nombre. La última vez que había estado en cama, incapaz de ponerse de pie sin que el mundo girara, Gandy había decidido remover todos los Dvds de sus estuches y, por alguna razón que sólo el cerebro de un niño comprendía, los clavó dentro y fuera del recipiente tamaño gigante de margarina que ella utilizaba para elaborar queso a la parrilla. Ese había sido el día en que llamó a Seth, desesperada por que volviera a casa temprano del trabajo, y él lo hizo.
Seth no estaba para rescatarla ésta vez.
La desesperación la corroía, un anhelo frenético de echarse en acción. Se obligó a descansar. Nada podía obtener de actuar salvajemente, había aprendido la lección de la manera difícil. Pensó en la nieve afuera, y en Todd.
Supuso que la verdadera pregunta era ¿qué pensaba ella que él iba a hacer para mantenerla, si no podría o no quería dejarla ir? ¿Pensaba que la mataría si tenía que hacerlo? Se acordó de la desesperación en su grito ‘¡No voy a volver a la cárcel!’ Y pensó que sí, que podría. Él podría ser lento sobre el pensamiento y  un poco amable, pero algo le había sucedido que lo hizo de la manera en que era hoy. Gilly no creía que Todd la hubiera llevado allí para matarla, pero creía que lo haría si sentía que tenía que hacerlo.
Pero ¿no había determinado que ella haría lo mismo? Si surgía la oportunidad, si no tenía otra opción. El pensar en ello ahora envió un estremecimiento subiendo y bajando por su columna vertebral, como fríos dedos acariciando la nuca de su cuello. Había tratado de cambiar de opinión, y había tratado de escapar. Fracasó en ambos. Pero, ¿qué pasaría si ella lo matara? La tercera opción que le había parecido tan justificable  y precisa no se sentía de esa manera ahora.
Incluso si se las arreglara para decidirse a matarlo, todavía estaba atrapada en esta cabaña sin teléfono, sin un mapa y sin ropa adecuada. Y sin vehículo, que era su propia estúpida culpa. Incluso si él muriera, no había nada que pudiera hacer hasta que la nieve se derritiera. Se acurrucó más profundamente en la cueva del calor de su cuerpo creado bajo las mantas. Resultó que tenía una cuarta opción.
Esperar.

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